Pequeño Saltamontes (XPC, 1999)
Humillar, enfurecer, desalentar al adversario
Wu Tai Chan, Tibet. Mayo 6 de 1999. Charlie y yo finalmente encontramos el sendero oculto entre los altos peñascos. La tormenta de nieve había pasado, pero el suelo todavía era resbaladizo y el viento del este nos calaba los huesos. Un muro de niebla impedía ver la cima de la montaña. El viejo mapa mostraba el final del recorrido en la ladera cortada a pico. Nos dejamos caer, exhaustos. Charlie tiritaba y murmuraba entre dientes. Parecía que el insoportable viaje había sido en vano, que nunca encontraríamos el templo. Dos días atrás habíamos consumido las últimas raciones de alimento. ¡Si Charlie no se hubiera comido el sánguche de milanesa que me había preparado mi vieja! No lo lograríamos, ya no. Tenía tanto frío... El sueño empezaba a vencerme cuando hubo un rozar de piedras, un trueno alejándose. Miré hacia atrás, al borde de la inconsciencia. Un enorme portal había aparecido en la roca y una farola oscilaba en la penumbra, acercándose.
Tres semanas después
El buen Charlie golpeaba la pared de al lado, tratando de comunicarse conmigo. Lástima que yo no tenía ni idea de Morse. Sin embargo, podía deducir lo que trataba de decirme. Desde que habíamos sido encerrados en las celdas oscuras del monasterio, cada noche ocurría lo mismo: el viento traía sonidos familiares, música (Nine Inch Nails, White Zombie, Starlight), lo cual me animaba a pensar que estábamos en el lugar correcto. No obstante, durante el largo día los monjes se negaban a hablar. Supongo que estaban educándonos en el arte de la paciencia.
Una tarde, por fin, un hermano rechoncho y calvo -todos eran calvos, lo cual me causaba mucha gracia- nos condujo por el laberinto de piedra hasta una bóveda tenuemente iluminada. Allí vimos una serie de computadoras conectadas en red, y a algunos monjes practicando el Salto del Cohete. Aquél era el origen de los sonidos. En un rincón descansaba una pila de juegos, algunos discos rígidos, y algo que me pareció un equipo completo de mate con bizcochos de grasa. Un monje bajito entraba en ese momento. Aclaró la garganta y dijo: “Sabemos que vosotros habéis venido a perfeccionar vuestra habilidad y endurecer vuestros espíritus en la sabiduría Shaolin. Pero antes deberéis probar vuestra fe ante la hermandad. Sentáos ahí e instalad Windows. Si falláis, seréis devueltos al mundo exterior y ya nunca encontraréis el camino de regreso al Templo”. Nos pusimos manos a la obra.
Al terminar, nos dijo: “Ahora buscad en http://www.xtremepc.com.ar el parche para incrementar el nivel de dificultad de Half-Life (revhl_skill1.zip, de 123 K), instaladlo y jugad en el modo Suicida”. Y así lo hicimos.
La humillación
Durante la mañana trabajábamos en los campos de cereal, duramente. Por la tarde practicábamos giros y puntería con el mouse, y reinstalábamos Windows. Pasamos así cuatro meses. En el amanecer del primer día del quinto mes, el monje bajito nos volvió a hablar: “Ahora que ya domináis el arte del combate y habéis templado vuestros espíritus, es hora de aprender la mística del insulto y la humillación. Sólo de esta manera se puede desalentar a vuestros enemigos para que pierdan el control”. Nos llevó ante las máquinas. “Cargad Quake II y mirad”, dijo.
Ya en juego, Charlie y yo corríamos constantemente, recogíamos armas y escudos y buscábamos al monje bajito. Pasaron unos minutos sin que lo viéramos rondar por el nivel, y luego, para nuestra sorpresa, empezamos a morir una y otra vez. El monje jugaba como un demonio. No pudimos hacer nada para detenerlo. Cuando la partida terminó, nos dijo: “Como notáis, no siempre la vista lleva a la victoria. Debéis prestar atención a vuestros oídos más que a vuestros ojos. Los escuchaba venir hacia mí y anticipando desde qué dirección, pero ustedes no me escuchábais porque por momentos yo iba caminando, para no hacer ruido. Se debe caminar o hacer strafe (desplazarse de lado), pero no ambas cosas a la vez, si queréis ser silenciosos como una mariposa. Es el mismo principio que estábais aplicando al andar sobre papel de arroz sin rasgarlo”. Charlie y yo estábamos sorprendidos. A continuación, el monje dijo: “Ahora cargad Unreal y mirad”.
Ritos de la China
La habitación permanece envuelta en una penumbra roja. Los monjes nos observan en silencio, como siempre. Charlie y yo nos miramos con aprensión, pero dispuestos a seguir adelante. Nuestras flamantes -y graciosas- calvas brillan a la luz de las velas. El fuego arde en el centro de la estancia. Con estudiada lentitud abrazamos la olla incandescente para que nuestros antebrazos queden tatuados con el complicado diseño del metal. Apretamos los dientes. El aire se llena con el olor dulzón de la carne quemada, y una mezcla de lágrimas y sudor nos cubre el rostro. Cuando nos retiramos, sobre la piel humeante aparecen los símbolos de Unreal, Quake I, II y III, Blood II, Shogo, Heretic II, Half-Life y varios otros, incluyendo XPC. Hemos sido aceptados. ¡Y como duelee!
La furia
Aplicando también para Unreal lo aprendido en Quake, tratábamos de no hacer tanto ruido al desplazarnos por el nivel; pero resulta que en Unreal no se puede andar en completo silencio. En un recodo, vi al monje -que aparecía como una mujer de traje rojo- y le disparé con todo lo que tenía. El monje cayó. Salté sobre el cuerpo con un grito de alegría, pero enseguida mi personaje explotó en pedazos, alcanzado por un resplandor violáceo, desconocido. Desde mi cabeza cercenada vi a la mujer-monje nuevamente de pie, sopesándose con burla un enorme pecho. Me puse colérico. A mi lado, el monje real dijo: “En Unreal podéis fingiros muerto. Apretáis la F y vuestro personaje permanece acostado en el suelo. Cuando tenéis la oportunidad, os levantáis y atacáis por la espalda”. Charlie se envaró en la silla, protestando: “¡Pero eso no es de caballeros, hermano!”. El monje le aplicó una tremenda llave de Kung Fu. “Con la J y la L, hacéis señas obscenas para enfurecer el enemigo, y con la K os podéis saludar en la victoria”. Viendo mi cara de disgusto y confusión, continuó diciendo: “He elegido llevar piel femenina para ser más rápido. Los personajes masculinos son más resistentes, pero también más lentos. Y he utilizado el truco del ASMD para haceros estallar. Prestad atención: disparáis una bola de energía con el botón secundario y de inmediato le acertáis a la bola con el botón primario. Es una técnica Shaolin difícil, porque hay que aprender a ejecutarla en movimiento, pero efectiva. Un disparo debe dar en el otro. Cuando ambos confluyen, el resultado es una explosión de enorme y sagrado poder. Probad lo que os digo. Podéis empezar disparando sin moveros, para practicar”.
El desaliento
Algunos días más tarde, fuimos ante la presencia del monje petiso. “Ahora, discípulos míos, cargad Half-Life y mirad”, dijo. Comenzamos el combate en uno de los dos nuevos niveles Deathmatch provistos en un reciente parche de Valve, versión 1.0.0.8. TeamFortress Classic ya estaba instalado también (la versión de HL trepaba a 1.0.0.9), y eso que acababa de salir. El monje utilizaba a menudo la técnica de moverse caminando para no hacer ruidos que delataran su posición: Half-Life es más sensible a los materiales del suelo y produce sonidos claros y diferentes que permiten saber con exactitud la ubicación del adversario si se conoce bien el mapa. Utilizaba la ballesta en modo sniper para cazarnos como a conejos, y ejecutaba todo el tiempo el Salto del Cohete con la Gluon Gun para alejarse de nosotros cuando se veía en apuros. Mató a Charlie con un tiro a través de la pared del nivel, usando la misma arma, y luego... ¡dibujó su propio rostro sobre el cadáver! Pude oir el sonido del aerosol. Enseguida me hizo volar en fragmentos a mí también, y volvió a pintar el graffitti, esta vez en el piso. ¿Cómo lo hacía? De repente sentí un gran desconsuelo.
“En Half-Life podéis aplicar con la tecla T un símbolo personalizado para marcar territorio o maltratar la mente del contrincante, llamado decal”, dijo con solemnidad. “El juego trae unos cuantos decals listos para utilizar, pero podéis hacer el vuestro propio”. Charlie, a pesar de que todavía le sangraba la nariz -tenía el tabique deshecho- preguntó: “¿Y cómo se hace, hermano?”. “Es un arte secreto, pero muy sencillo”, respondió, y volvió a golpearlo. “Debéis hacer una imagen en formato BMP, de 64x64 pixeles, y colocarla en el directorio Half-Life\logos. Los decals pueden aplicarse sólo en el juego en red y con el color elegido en el menú de configuración, pero, prestad atención, pequeños saltamontes, el bitmap que hagáis debe ser siempre en escala de grises. Lo que en el bitmap sea blanco, en el graffitti se verá opaco, y lo que en el bitmap sea negro en el graffitti será transparente. Los grises lucirán como distintos tonos opacos. Pensad en el decal como en un dibujo hecho con tiza. Podéis fijaros en el directorio \logos de Half-Life, donde encontraréis ejemplos. Como ejercicio, escanearéis una foto vuestra para usar como emblema de combate”.
Se extraña la China
Sin duda, los secretos en el arte oriental del combate nos han dado una gran ventaja. A cada día que pasamos en estas desoladas montañas nuestros conocimientos aumentan. Los monjes son buenos, aunque callados, y juegan muy bien. El monasterio es ordenado, pulcro, y en el templo están armando una inmensa LAN (hileras de mulas cargadas con procesadores de última generación ingresan por el portal). Pero nuestros hermanos se aíslan del mundo, negándose a contratar un acceso a Internet. Lo peor no es eso o el incienso de frutilla, de todos modos: hace unos días que Charlie y yo venimos notando algunas miradas torcidas, en la cosecha. Los monjes nos vigilan; por primera vez, los vemos sonrientes. Por eso, hemos trazado un plan desesperado. Las mulas parten solas cargadas con sacos de arroz del tamaño de un hombre. Ellas conocen el camino de regreso. ¡Que Buda nos perdone! Esta noche escaparemos.
Xtreme PC: La Zona 3D, abril de 1999

















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