
La Nochebuena es, teóricamente, ese momento de paz en el que nos reunimos con nuestras familias y con los parientes que vienen de lejos. Hace rato que la Navidad perdió un sentido religioso en la mayoría de los hogares, para volverse un simple banquete que deberá repetirse una semana después, con la llegada del nuevo año. Para Charlie, esto fue siempre así.
Una comilona que incluye alimentos propios del invierno: maníes, pasas, turrones, pollo, asado, chancho y alcohol en cantidad; y un pino de plástico con lucecitas donde se amontonan cajas envueltas en papel de regalo, vacías, con alguna que otra chuchería para los más chicos, descontando claro está los tubitos con medias y calzoncillos para los parientes y las bombachas rosadas para que las mujeres de la familia estrenen a las doce. Afuera, 40° C; adentro, 55.
Charlie cada año atravesaba esas dos horas lentas, posteriores a la medianoche, como en una pesadilla. Pipón de comida, triste sin saber por qué; muerto de calor, aturdido por el estruendo de la pirotecnia, ahogado por el sofocante humo de la pólvora que flota sobre la ciudad a esa hora. No quería seguir así, por lo que había apostado todas sus fichas a que esta Nochebuena comería frugalmente (alguna ensaladita, un jugo de frutas) y luego se encerraría en su cuarto con la copia de Serious Sam: The Second Encounter, el único regalo que le había pedido a Papá Noel. ¡Que las tías viejas dijeran lo que quisiesen! Esa noche no quería aburrirse.











