
"Dicen que los sueños se vuelven realidad. Olvidaron
mencionar que las pesadillas son sueños también".
Oscar Wilde
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–Son las ocho y cuarenta y tres minutos –Dijo la radio– Lamentamos concluir la transmisión de hoy de forma tan calamitosa. Hasta la próxima.
Se despertó exaltado y miró el reloj. “Son las ocho y treinta y tres –pensó–, seguro que era un programa grabado”. Todavía un poco aturdido, se levantó a oscuras y buscó a tientas la pared para guiarse hasta el baño. Encendió la luz pero nada se iluminó. “Qué bien, no tengo electricidad”. Se lavó la cara, volvió a su habitación con dificultad y fue entonces cuando cayó en la cuenta. “¿Cómo es que no amaneció todavía?” Despacio, caminó hacia la ventana y corrió las cortinas con una mano temblorosa. Un resplandor rojo del mismo color que el cielo inundó las paredes. Los edificios, como gigantes enfurecidos, escupían humo, mientras que desde las alturas llovía granizo de fuego. Giró, aterrado, y lo último que vio fueron las agujas.
Las ocho y cuarenta y tres minutos, marcó el reloj.














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